Contexto electoral y transversalidad.

Transcurrido el tiempo suficiente tras las Elecciones Generales del pasado 26 de Junio, y una vez evacuados los primeros (y muchas veces tópicos) análisis de los resultados, digeridas las primeras tertulias o pseudo-tertulias al respecto, y más o menos justificados los errores de las encuestas previas, considero que corresponde hacer públicas algunas reflexiones políticas, alejadas tanto del autobombo como del autoflagelo, con el afán de contribuir a una visión sosegada y responsable de la realidad social y política española, desde […]

Tribuna de Opinión

Transcurrido el tiempo suficiente tras las Elecciones Generales del pasado 26 de Junio,

y una vez evacuados los primeros (y muchas veces tópicos) análisis de los resultados,

digeridas las primeras tertulias o pseudo-tertulias al respecto, y más o menos

justificados los errores de las encuestas previas, considero que corresponde hacer

públicas algunas reflexiones políticas, alejadas tanto del autobombo como del

autoflagelo, con el afán de contribuir a una visión sosegada y responsable de la realidad

social y política española, desde la óptica, evidentemente, socialista, que no, por ello,

sectaria ni necesariamente partidista.

La primera reflexión corresponde a la pre-campaña y a la campaña electoral, inéditas en

nuestra tradición democrática, pues ambas han seguido a una legislatura, no ya corta,

sino en realidad inexistente como tal. Un periodo, el de campaña electoral, en el que,

contrariamente a lo habitual, no ha existido la dicotomía gobierno-oposición, es decir,

una fuerza política exponiendo los logros de su gestión, frente a una o más fuerzas

políticas, exponiendo su alternativa de gobierno. Y una ciudadanía, contraponiendo

ambas visiones. Lo que se ha valorado en el periodo de campaña ha sido la gestión que

cada fuerza política hizo del escaso periodo de meses trascurrido del 20 de diciembre de

2015 hasta la celebración de las nuevas elecciones. Contextualizada la misma en la

escasa o casi nula tradición española de pactos políticos, y en el apasionamiento con que

se vivieron esos 6 meses.

Desde esa perspectiva, ha resultado evidente las dificultades por parte del PSOE de

presentarse ante la ciudadanía, compatibilizando las, en mi opinión, dos grandes bazas

con que contaba. Un programa electoral completo y bien elaborado y que contenía un

detallado proyecto de país y de futuro para sus gentes. Y un encomiable esfuerzo de

búsqueda de la trasversalidad política tras el 20 D, (exigida por el resultado electoral,

por cierto), para lograr un acuerdo de investidura que permitiera la conformación de un

gobierno progresista y de cambio para España. Y quien tiene dificultades de presentarse

como partido de gobierno, las tiene también para obtener la confianza mayoritaria de la

ciudadanía.

El PSOE se ha visto, así, atrapado en una encrucijada más emocional que racional. De

un lado, un PP al que ha resultado relativamente cómodo el discurrir de una campaña así

desarrollada. Y de otro lado, un Podemos y sus añadidos, viviendo en una espiral virtual

de alternativa, que creo que nunca fue real, pero que consiguió polarizar las posiciones

políticas hasta extremos que no se correspondían con la realidad. Fallos de estrategia o

de comunicación del PSOE, o aciertos similares de los otros 2 partidos, será algo que el

tiempo irá desvelando, pero que requieren de un análisis riguroso y desapasionado, pues

con total seguridad, de todo habrá habido, como corresponde a una situación compleja.

Esa encrucijada que he mencionado no ha permitido, por la escasez de tiempo

transcurrido, que la ciudadanía percibiera y valorara los esfuerzos realizados por el

PSOE y su candidato a la presidencia, en los últimos meses, por lograr un acuerdo

trasversal, amplio y progresista de gobierno para España. El único que resultaba

posible, a la luz de los tozudos resultados electorales, a la vez que deseable para

asegurar, no ya la gobernabilidad del país, sino la posibilidad de acometer las profundas

reformas que se necesitan y que requieren, como ya he señalado en otros artículos

publicados en este medio, amplias mayorías parlamentarias. Haber intentado aunar ese

acuerdo trasversal, no sólo por imperativo matemático evidente, sino también por

estrategia que huye de frentismos opuestos a la necesidad de amplios acuerdos

reformadores, parece obvio que ha pasado factura electoral al PSOE. Puede resultar una

consecuencia natural dada, como señalé antes, la escasa cultura de pactos existente en

nuestra tradición política, a la que hay que sumar la polarización más virtual que real en

la que se desarrolló la campaña.

Pero como también esbocé hace un tiempo en estas páginas, me parece que ese esfuerzo

y esa estrategia son las únicas posibles, al menos mientras se mantenga el actual

escenario político con cuatro fuerzas parlamentarias con representación variable, pero

suficiente para condicionar el escenario político. Haberlo comprendido a tiempo y haber

desarrollado el camino para intentar llevarlo a cabo me parecen avales más que

suficientes para perseverar en ese camino. Quizá, con el tiempo, el desgaste que

conlleve su no culminación, le sea achacable a quienes la impidieron, a toda costa, y no

a quienes la intentaron, muchas veces contra viento y marea.

 

José María Rueda Gómez. Secretario General del PSOE de Granada.

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