El buen ladrón
2 julio 2009 | Categorías: Tribuna de Opinión |
José Antonio Aparicio – Secretario de Ciudades de la C.E.P.
De antiguo habita entre nosotros el mito. Seguramente lo de primer buen ladrón puede adjudicarse en la civilización occidental a Prometeo, que robó perversa y retadoramente el fuego a Zeus para donárselo bondadosamente a los hombres, consecuencia, dicen, de nuestra ventaja de partida sobre el resto de los animales por sus propiedades: luz, calor y defensa intimidatoria. No obstante resulta más popularmente conocido en la tradición cristiana su atribución a uno de los dos malhechores que acompañaron a Jesús en su crucifixión.
Cuentan los evangelios – también y con más detalle el apócrifo de Nicodemo- que uno de los ladrones, el bueno, a la derecha claro, de nombre Dimas, se dirigió arrepentido a Jesús diciéndole “acuérdate de mí cuando vinieres en la gloria de tu realeza”, a lo que Jesús respondió mirándole: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Marcos 17, 27s. y Lucas 23, 39-43). Obtuvo así Dimas doble recompensa: la de fenecer como bueno a pesar de perseverante ladrón confeso, y otra mucho más privilegiada, la de ser el primero y único hasta la fecha elevado a santidad por el propio Jesús. El otro, el malo, el de la izquierda claro, Gestas de nombre, cuentan que sólo se dirigió a Jesús para decirle: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate entonces a ti mismo y a nosotros”, sobre lo que no consta sin embargo que obtuviera respuesta alguna y ni siquiera que lo mirase, como puede deducirse al observar la traslación icónica posterior del momento bíblico.
Como todo mito que se precie, ha sido reiteradamente retomado y actualizado. Muestras de ello pueden considerarse los numerosos nombres de bandoleros (bandidos buenos, que repartían entre los pobres lo que robaban a los ricos) que han ido apareciendo en nuestra historia, desde el Roque Guinart de El Quijote, pasando por los Siete niños de Écija, Juan Palomo, Luis Candelas, Diego Corrientes, el Tragabuches, José María el Tempranillo o el Pernales, hasta llegar a Curro Jiménez, con su Estudiante y su Algarrobo. Antes del Curro de la tele, Jovellanos había actualizado en nuestra literatura hasta la denominación de origen, cambiando ladrón por delincuente y bueno por honrado en un drama lacrimógeno, ´El delincuente honrado´ (1773) y Jardiel Poncela había hecho una mixtura en ´Los ladrones somos gente honrada´ (1941).
Y no ha decaído. Más modernamente, ayer mismo podría decirse, el mito ha sido y está siendo objeto de una nueva actualización conceptual, consistente en desposeer a los jueces de sus facultades de prueba, calificación y sentencia punitiva, de reposición o correctora de los hechos delictivos y en otorgar a un escrutinio democrático posterior cualquiera (sea de lo que sea y se pregunte lo que se pregunte) no sólo el poder de deslegitimación del hecho juzgado y de los propios juzgadores, sino el de presunta amnistía y archivo fáctico de la causa. Se exhiben luego como debida restitución de la honra, como el triunfo de la verdad verdadera. Casos hay a mantas. Desde Jesús Gil, alcalde que fue de Marbella, y sus descendientes e imitadores de por aquella Costa del Sol y de por todas las costas mediterráneas (Murcia y Valencia de manera más extendida; también Almería) hasta los Fabra de Castellón y los Bárcenas o Camps de la trama Gürtel. Granada no podía quedarse fuera: Benavides la ha metido dentro.
Han simulado ignorar sin embargo no sólo que eso no sea verdad verificable ni admisible y menos en una democracia constitucional, en un estado de derecho, sino que, agotando el falso silogismo, constituiría un insulto grave a los electores acabar haciéndolos partícipes por su voto (o, cuando menos, cómplices manifiestos) de los delitos probados de su representante reelecto. Aún olvidando el mayor y primer deber de un gobernante: guardar y hacer guardar las leyes, si el voto ciudadano no sólo absolviera de la comisión de un delito, sino que cupiera deducir de su repetición su refrendo, habría cuando poco que incluir en los programas electorales la comisión de otros más; muchos más para mejor y más demostradamente servir al pueblo. Y cumplir el programa luego. Insultante sarta de disparates. Adviértase a este tenor que a San Dimas no lo salvó ni Cristo y que Prometeo permaneció siglos encadenado a una roca con un águila enviada por Zeus para que se comiera su hígado a diario y que, cumplida su condena, tuvo que llevar para siempre un anillo con un buen trozo de la roca a la que estuvo encadenado. Para que no se le olvidara, digo yo.
Publicado en La Opinión de Granada. 2 julio de 2009



































