El sintomático apego a una escultura
11 agosto 2009 | Categorías: Tribuna de Opinión |
José Antonio Pérez Tapias | Diputado socialista
Un exponente de estética fascista. Sí, eso es la escultura dedicada a José Antonio Primo de Rivera, fundador de aquella Falange que fue variante española del fascismo europeo de los años treinta del pasado siglo, y que en esta Granada de nuestras polémicas aún permanece como monumento con destacado lugar en el espacio público. Se acumulan muchas sorpresas en torno a esa obra del escultor Francisco López Burgos, cuyo nombre vuelve a las letras de molde por la diatriba en torno a esa estatua de brazos alzados al modo romano, que se elevan a esas alas imperiales de la simbología fascista que querían recordar altos vuelos de un pasado mitificado y pretensiones de construcciones nacionales que no podían ser sino totalitarias.
Sorprende, en primer lugar, que todavía sea objeto de discusión la permanencia de esa escultura –no hablamos de otras del mismo autor- en el sitio que ocupa. Debería haber sido retirada de nuestras calles hace mucho tiempo, tanto como el que ya cuenta en su haber la democracia en la que vivimos. Y ello por ser un monumento que a través del personaje al que se dedica, ubicándolo en la conjunción del heroísmo y el martirio, ensalza una ideología antidemocrática que promovió el golpe de Estado contra la República del 18 de julio de 1936, que legitimó la guerra civil y que apoyó la dictadura franquista, jugando un destacado papel en la cobertura doctrinal dada a la misma. Si no se procedió a su retirada en las décadas transcurridas desde que se aprobó la Constitución de 1978, al menos ha de hacerse con posterioridad a la entrada en vigor de la llamada Ley de memoria histórica de 2007, en aplicación de la misma.
Eso, y no otra cosa, es lo que venía y viene solicitando la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica y lo que en su día se pidió en moción presentada por IU y apoyada por el PSOE en pleno del Ayuntamiento de Granada, desestimada por el grupo de gobierno del PP. Y esto precisamente es lo que acentúa la sorpresa que nos embarga: la resistencia de la derecha granadina a un acuerdo democrático para cumplir desde la Administración municipal aquello a lo que la legislación del Estado obliga, hasta el punto de que la Abogacía de éste ha de interponer recurso contencioso-administrativo para que se actúe conforme a derecho. Manifiestan los portavoces municipales del PP que acatarán la sentencia que al respecto emitan los tribunales -¡faltaría más!-, pero lo sorprendente, de nuevo, es que tengan que esperar a una resolución judicial para retirar de su emplazamiento en la vía pública el monumento en cuestión. ¿O es que quizá albergan la esperanza de que dicha resolución judicial les dé la razón en su empecinada postura de apego a tal escultura fascista, con lo que significa?
Llama la atención, puestos a seguir desgranando motivos de asombro, que la derecha de esta ciudad acepte gustosa verse en la discusión sobre la estatua de marras cuando se trata, no sólo de una obra desde todo punto de vista menor, como han dictaminado autorizadas voces del ámbito académico, sino además de un monumento erigido en fecha muy tardía de la que parecía interminable dictadura:¡se puso en 1972! Aunque, la verdad, puede pensarse que por ahí se desvelan algunas claves del pertinaz aferrarse del PP a una estatua de esas características. En este caso se evidenciaría que el pasado no sólo pesa, sino que liga fuertemente, por su cercanía, a los defensores actuales del monumento con los promotores del mismo en el ocaso de ese “tiempo de silencio” –dicho con Martín Santos- en el que aún sólo tenían venia para hablar quienes lo hacían a favor del régimen y de las figuras a las que su legitimación “carismática” se remitía, por más que ya fuera a destiempo incluso para el perfil tecnocrático con el que la dictadura quiso presentarse en su última fase. Mas ya se sabe que los hechos fundacionales hay que mantenerlos vivos en el recuerdo. Por cierto, ¿qué recuerdo quiere mantener vivo el PP local con su defensa a ultranza del monumento fascista que tan de lleno ha entrado en nuestro particular debate doméstico?
Sorprende, en fin, una vez más, la incapacidad de la derecha española para abordar adecuadamente todo lo relativo a la guerra civil y a la represión de la dictadura, su insensibilidad para comprender de qué se trata cuando hablamos de respeto y reconocimiento a las víctimas habidas en ellas y por ellas –algo a lo que es del todo contrario, por su insoslayable significado, el mantenimiento de la estatua que desafortunadamente sigue reclamando nuestra atención-, su cerrazón ante el sentido radicalmente democrático de la memoria histórica que invocamos –ese recuerdo de la injusticia padecida por tantos y tantos, que no debe ser olvidado-. Hay estatuas que, con voluntad de seguir enseñoreándose dictatorialmente sobre la historia, son monumentos a la amnesia. Por eso, a quien todavía diga en Granada que aquí sólo se trata de una pequeña estatua, habrá que responderle que con lo que de verdad nos encontramos es con un gran síntoma. Del espíritu democrático del PP -¿dónde están sus liberales?- depende la confirmación de su estado de salud y que todos podamos corroborarlo sin ver apego sintomático alguno a lo que no debe haberlo.
Publicado en La Opinión de Granada. 11 agosto 09



































