Gobernar la Globalización (sobre el fondo y la forma de la posición del PSOE sobre el CETA).

José María Rueda Gómez. Secretario General de la Agrupación Local del PSOE de Granada.
Artículo de Opinión publicado en Ideal (27/06/2017)

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Mucho se ha escrito y hablado, y quizá poco se ha profundizado, sobre el cambio de posición del PSOE al respecto de la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Canadá, el llamado CETA. Reconozcamos que la “forma” de hacerlo ha sido y es mejorable, aunque puede resultar comprensible, habida cuenta de que la nueva dirección apenas ha tomado posesión de sus cargos y el engrase de los mecanismos de coordinación aún ha de ajustarse. Y reconozcamos también que el cambio de posición aún no se ha producido tras un debate amplio residenciado en ningún órgano del partido, como por otra parte, tampoco se produjo en la toma de la anterior posición, dicho sea en aras a la verdad. De hecho, aún recuerdo la cierta extrañeza que produjo en el conjunto del PSOE, que la Agrupación de Granada celebrara un debate (en este caso, sobre el TTIP, el Tratado comercial de la Unión Europea con Estados Unidos) en Septiembre de 2015, pues de estos asuntos no se debatía en el seno del PSOE. Que ésto deje de ser así, es ya un primer avance. Como creo que es un primer (y gran) avance que el PSOE cambie de posición respecto al CETA y así genere debate en profundidad para cuando lleguemos al debate del TTIP.

Pero me interesa, fundamentalmente, abordar el fondo y el contenido del asunto. No se trata de que el PSOE se posicione contra la globalización, sino de la posición que el PSOE, y la izquierda en general, adopta sobre los mecanismos de gobernar y regular dicha globalización. Es cierto que tanto el CETA, como el TTIP favorecen el libre comercio, mediante la supresión de aranceles y el establecimiento de unas reglas comunes para el intercambio de bienes y servicios y para el acceso a la contratación pública. No es menos cierto que ambos Tratados establecen garantías para la protección de las empresas inversoras a ambos lados del Atlántico, en algunos casos, “excesivas” garantías, no por éstas en sí mismas, sino por el “defecto” de garantías que suponen para los consumidores, es decir, la ciudadanía.

Y conviene resaltar que, además de lo anterior, los Tratados establecen sistemas de arbitraje especial para la resolución de conflictos, que excluyen la jurisdicción ordinaria, con lo que ello supone. Sistemas de arbitraje con garantías de imparcialidad, si. Pero sistemas de arbitraje al fin y al cabo, que se superponen a nuestra justicia ordinaria. Y aquí es donde debemos incidir, pues seguramente la legislación canadiense sea similar a los estándares europeos, pero a nadie se le escapa que la regulación ambiental, agrícola, y sobre todo laboral y de protección social de los trabajadores en EE. UU. dista mucho de ser equiparable a la europea. Que la editorial del diario Ideal de fecha 23-6-17 no obvie esta realidad, además de resultar digno de mención, por no ser la norma periodística,  es de agradecer en aras al rigor periodístico.

No conviene solemnizar lo obvio. Claro que la globalización es el presente y el futuro, y el proteccionismo es el pasado. pero ello no debe llevarnos a aceptar, así, sin más, que la ciudadanía europea y española, en aras a esa globalización, deba renunciar por completo a sus conquistas sociales, a su Estado del bienestar (ya bastante tocado) y a sus sistemas de protección social. Y mucho menos, que deba hacerlo en silencio y para lograr una mejor productividad económica, que además es dudoso que le beneficie a ella, pero es seguro que beneficiará a las grandes empresas multinacionales. No afirmo que se deba recortar esa mejor productividad económica a las empresas. Afirmo, y debería afirmarse desde todos los ámbitos de la izquierda política, que un justo reparto de esa mejor productividad ha de estar garantizado y blindado.

Si hoy existe en el mundo malestar de amplios sectores ciudadanos; enfado y desapego hacia la política por parte de amplias capas sociales que sufren las devastadoras consecuencias de la crisis; y si surgen por doquier populismos, es en buena medida debido a la salvaje y brutal desregulación económica producida por la globalización, ante la mirada impávida de casi todos, que la han asumido como algo inevitable.

Y no es necesariamente inevitable. La globalización ha de ser gobernada, y ha de ser compatible con la democracia social, lo que exigirá la reforma de los Tratados internacionales, y también de los Tratados europeos. Debemos reconocer, como hacen las Resoluciones del reciente 39 Congreso Federal del PSOE, que las alteraciones globales que nos afectan han de ser abordadas globalmente; el cambio climático, la transición energética, el envejecimiento de la población y las migraciones. Y por supuesto, regular la globalización económica, combatiendo normativamente los monopolios financieros especulativos. Que existen y existirán, claro que si. Pero que no pueden ni deben campar a sus anchas sin regulación.

Por tanto, nada de bandazos del PSOE. Un cambio de posición, si, ya lo he dicho, mejorable en la forma, pero coherente en el fondo. Una posición que hoy en día puede no imperar en la socialdemocracia europea, en la que existen dudas, y ni mucho menos, existe unanimidad. Pues hagámosla la posición imperante. Desde el sur de Europa se puede y se debe hacer. Ya hemos visto en Portugal que estos cambios de posiciones políticas, pese a los augurios, no sólo no acarrean ningún caos, sino que mejoran ostensiblemente la vida de la gente.

El PSOE no está, ni podría estar contra la globalización. Sería como estar contra la lluvia. Ser de izquierdas no es, pues, estar contra la globalización. Ser de izquierdas es estar a favor de otra globalización. En definitiva, es gobernar la globalización, y no que la globalización nos gobierne.

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