Isidro Olgoso en el recuerdo.

José María Rueda Gómez. Secretario General del PSOE de Granada

Tribuna de Opinión

Escribí estas líneas, al día siguiente de su muerte, en Septiembre de 2013,  sin hacer caso a una de las máximas de Isidro Olgoso, que era no tener prisa para nada y tomarse las cosas con calma. Pero el ofrecimiento que me hizo “Granada Hoy”, para trazar un perfil de su figura bajo el evidente condicionante del dictado de la actualidad, hizo que me apresurara a seleccionar mentalmente las tres o cuatro características sobre las que construir el artículo.

Tarea nada fácil, pues el perfil de Isidro siempre ha ofrecido tantas y tan variadas perspectivas que darían para un periódico entero: amigo; vecino; compañero; camarada; trabajador (y agitador) social; antropólogo riguroso; rockero; folclórico; futbolero rojiblanco (del Granada) por encima del merengue, que ya es decir; educado e irreverente carnavalero; político admirablemente heterodoxo, pero justo en la reivindicación, etc… Y por supuesto, la perspectiva cultural; baste recordar muchos de los eventos de la historia cultural moderna de esta ciudad, como el Festival de Rock del Zaidín, Festival de Jóvenes Realizadores, recuperación del Carnaval, programación cultural en los barrios y otros muchos para comprobar que nunca fue mero espectador de los mismos, sino siempre protagonista.

Ahora que el Teatro del Zaidín ya lleva, por fín, su nombre, y que los homenajes se suceden, se podría caer en la fácil tentación de enumerar sus bondades, ejercicio inútil por innecesario, con tan sólo ver la multitud que lo ha acompañado en el Acto de anoche en “su” teatro, y la multitud que siempre lo recuerda. Todos los pelajes de la ciudad,  todos los barrios, todos los sectores, todas las izquierdas, unas pocas derechas y bastantes cuya única ubicación es la machadiana bondad que Isidro llevó a gala hasta el final. Baste decir que no hay evocación ni recuerdo de Isidro que no mezcle adecuadamente los ingredientes “bondad”, “solidaridad”, “compromiso”, “humildad” y “amistad”.

Recordaré las cosas que dije de él cuando falleció. Conocí a Isidro mediada la década de los 80 del pasado siglo. Era vocal de juventud de la Asociación de vecinos del Zaidín y yo era miembro de Juventudes socialistas. Daba sus primeros pasos el Consejo de la Juventud de Granada y allí coincidimos, lógicamente con mucha más gente, que queríamos darle forma y fondo a ese instrumento participativo juvenil. Ya entonces muchas reuniones se hacían pesadas, pero “al final en un bar nos bebíamos el mundo”, como cantaba Topo, y de paso, lo arreglábamos un poquito.

Tardó en licenciarse, pero lo hizo, y su capacidad de análisis social y antropológico trascendió las muchas veces estrechas paredes de la burocracia municipal, en la que trabajó muchos años, con afán de servicio y sin mirar el reloj. Su libro “Entre Ríos” fue,  es y seguirá siendo un referente para conocer de primera mano la historia social, política, económica y especialmente la vida cotidiana de las mujeres y hombres del Zaidín.

Se incorporó a la política (partidaria) tarde, pues en la política de la vida siempre estuvo, lo que no siempre fue entendido por los mediocres de siempre, esos que en todos lados existen y existirán, por desgracia.

Se despidió sin hacer ruido, como sin querer, en la antesala de “sus” fiestas y de “su” Festival de Rock. Tan sin querer que no me extrañaría nada que si existe un portero en el lugar al que llegó, éste le hubiese preguntado “pero Isidro, ¿qué hace un chico cómo tu en un sitio como este?”. Y menos aun me extrañaría que Isidro, en respuesta, le hubiese contado una docena de anécdotas relativas a todos y cada uno de los eventos culturales que creó, organizó o ayudó a montar, sin caer en la cuenta, como nunca hacía, que el protagonista era él.

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