¡Que se abstenga PODEMOS!.

Advierto que, posiblemente, el titulo de estas reflexiones sea más provocador que el contenido, o no, pero bien merecerá la pena, para llamar la atención sobre algunas cuestiones que considero relevantes en el actual debate político. Parto de la base de algo que he manifestado reiteradamente en los últimos tiempos, y es que el nacimiento y posterior consolidación de una posición u opción política como la que, hoy día, pueda representar Podemos, tiene bastante que ver con errores cometidos por […]

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Advierto que, posiblemente, el titulo de estas reflexiones sea más provocador que el

contenido, o no, pero bien merecerá la pena, para llamar la atención sobre algunas

cuestiones que considero relevantes en el actual debate político. Parto de la base de algo

que he manifestado reiteradamente en los últimos tiempos, y es que el nacimiento y

posterior consolidación de una posición u opción política como la que, hoy día, pueda

representar Podemos, tiene bastante que ver con errores cometidos por el PSOE, falta de

diligencia en explicar determinadas renuncias (aún coyunturales) programáticas, incluso

escasez argumental para hacer comprender a la ciudadanía la complejidad de la

sociedad global que dificulta, y mucho, la articulación de una correcta respuesta

también global, o al menos europea, socialista y democrática, a los problemas actuales.

Por tanto, soy de los que comprende, incluso asume, las razones por las que mucha

gente, votante, incluso simpatizante socialista, ahora es votante de Podemos. Lo sea por

convicción o lo sea por razones estratégicas, tácticas, emocionales, o por las muy

humanas razones del enfado o la desafección. De ahí que mi posición política al

respecto, nunca haya sido la demonización ni la confrontación porque sí. Si acaso, la

natural crítica a los planteamientos políticos de una fuerza que ya se considera a si

misma, un partido “normalizado”. Por tanto, susceptible de ser criticado, exactamente

en la misma medida que ellos critican, pues ese es el juego democrático.

Y esa crítica se produce en una doble dirección. La primera hace referencia a un cierto

carácter “iluminado” de los dirigentes, que no la gran mayoría de simpatizantes, que de

no variar, bien puede llevarlos a morir de un éxito repentino. La ciudadanía puede

asumir y entender, en una fase inicial, que un discurso político se construya sobre

intangibles emocionales. Nosotros, el pueblo, frente a Ellos, la casta. El proceso de

cambio es irreversible. Está cada vez más cercano el día en que alcancemos el poder,

porque la alternancia o el “turnismo” acabó. Es innegable que esos mensajes calan, en

una sociedad deteriorada, con elevadas tasas de desempleo y pérdida de derechos, y

ansiosa de encontrar respuestas, casi con tanta urgencia, como de señalar culpables. Sin

embargo, superada la fase inicial, hay que pasar a la siguiente. Pues ni todos nosotros

somos pueblo, ni todos ellos son casta, así sin más argumentación. Ni la irreversibilidad

del proceso de cambio es un dogma. Ni la cercanía o lejanía de alcanzar el poder tiene

que ver, necesariamente, con el fin de una alternancia, que no es un castigo divino, sino

la consecuencia directa de la voluntad electoral del pueblo, que siempre tuvo “otras”

opciones a las que votar y no lo hizo (PCE, IU, PRD, UPyD, etc..). Sin negar la

conveniencia de reformar nuestro sistema electoral, incluso ahora que parece haberles

favorecido.

Y la segunda crítica hace referencia a la, en mi opinión, incorrecta administración de los

votos obtenidos en el marco institucional en el que los votos se administran, y no en

otro. Pienso, como mucha gente, que la conquista de las instituciones no es un paso

previo, hacia conquistas quiméricas. La conquista de espacios de poder o influencia

dentro de las instituciones democráticas, obliga a saber “usar” en beneficio de la

mayoría, dichos espacios. Usarlos para tener capacidad de propuesta, y dado que los

votos no dan por si solos, además, capacidad de convencer a otros para que te apoyen o

de sumar tus votos a los de otros para conformar mayorías. Usar los espacios

institucionales implica mojarse, a veces embarrarse, pues precisa cesiones, renuncias y

pactos. Y finalmente, manifestar el voto. A favor de algo, en contra de algo o ni a favor

ni en contra. Con todas sus consecuencias, no con las consecuencias de mi

conveniencia, ni con las consecuencias beneficiosas para mi estrategia. El pueblo es

sabio, siempre, y distingue muy bien.

Por eso, considero que puede haber llegado la hora de abandonar la equidistancia y de

asumir cierta responsabilidad. Podemos también tiene una responsabilidad para con el

pueblo español. Sus diputados y diputadas no viene envueltos en un halo de

infalibilidad ni están exentos de compromisos, también, con la gobernabilidad del país.

Representan a mucha gente, vecinos y vecinas de nuestros barrios, con necesidades,

jóvenes con escaso futuro, pensionistas, profesionales y autónomos que quieren que sus

votos sirvan para cambiar las cosas. Y , de momento, han servido para mantener a Rajoy

y al PP en el poder. Y, de momento, han servido para no entender que el nuevo tiempo,

gracias a la llegada de nuevos partidos, como ellos, exige diálogo trasversal, renuncias,

cesiones y capacidad de adaptación a unas circunstancias (política y numéricamente

tozudas) que demandan amplios acuerdos.

Sinceramente creo que, a este paso, y no negando la legitimidad de ninguna estrategia

política, será más rápido de lo que se hubiera llegado a pensar, que la voluntad

democrática del pueblo español vuelva la vista a opciones políticas que, con toda su

mochila de errores, pero también de grandes aciertos, acrediten solvencia programática

y además, saber ser y saber estar en el escenario cotidiano de la política real.

 

José María Rueda Gómez. Secretario General del PSOE de Granada.

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