Treinta años de Constitución con visión de presente
4 diciembre 2008 | Categorías: Tribuna de Opinión |
Jose María Rueda – Sec. Gral. del PSOE de Granada capital
Treinta años de vigencia de nuestra Constitución son muchas cosas a la vez. Significan, y más en España, mucho. Y lo mejor de todo es que permiten diversas perspectivas, diversos enfoques a la hora de abordar esta efemérides. Yo me quedo, en estos momentos, con una perspectiva, y es que estos 30 años de vigencia de nuestra Carta magna constituyen una inmejorable atalaya para contemplar cómo hemos cambiado, cuánto hemos cambiado, y sobre todo, cuánto cambio nos falta aún.
Es un periodo de tiempo suficiente para valorar la utilidad que siguen teniendo sus preceptos, la validez y vigencia de sus contenidos, y la necesidad de que los sigan teniendo, como guía de acción para los comportamientos políticos. La Constitución importa por lo que ha sido, pero mucho más por lo que es.
Nuestro presente nos hace recalcar uno de los principios fundamentales en que se inspira nuestro ordenamiento jurídico, que es el pluralismo político, expresión ordenada de la discrepancia de pareceres u opiniones, sobre la que se asienta nuestra convivencia cotidiana como ciudadanos. La discrepancia política se manifiesta a través de la palabra, de la suma de voluntades en torno a una posición, y finalmente, a través del libre ejercicio del voto, que conforma la voluntad final de una comunidad.
La discrepancia política se administra a través del legítimo juego de mayorías y minorías, y de las relaciones entre gobierno y oposición, que conllevan la posibilidad de alternativa, cuando la voluntad popular la sanciona. Las garantías constitucionales al respecto de ese legítimo juego político son suficientes para mantener la confianza de la ciudadanía en las instituciones, y para preservar los derechos de los representantes públicos, ocupen el lugar que ocupen en el entramado institucional.
Valgan las reflexiones precedentes para alertar, públicamente, de que existen, en mi opinión, dos límites que no deben traspasarse, a la hora de manifestar la discrepancia política sobre una opción. El primero es pretender afirmar la posición propia, no sobre el convencimiento o el razonamiento de su acierto, sino sobre la radical descalificación de quién mantiene la posición contraria, sin entrar en el fondo de ésta. Algún reciente episodio de la política local nos muestra como en el Salón de Plenos, el gobierno municipal ha sustentado una posición, no en base a su bondad o conveniencia, sino en el argumento de “avergonzarse de compartir escenario democrático con quien no estaba de acuerdo”.
El segundo límite consiste en pretender que no hay discrepancia política, que todas las posiciones son identificables, y que es posible, desde el punto de vista del pluralismo político, ser y estar en posiciones discrepantes a la vez. La libertad personal, en este caso, es respetable. La coherencia política de las organizaciones que definen las posiciones políticas, también.
Considero que cuando se traspasan ambos límites, se están poniendo en cuestión los valores que inspiraron el texto constitucional y nos acercamos a una disfunción democrática, que en nada contribuye al adecuado desenvolvimiento de los mecanismos previstos para conformar la voluntad democrática de la sociedad.
Finalizo señalando que esas anomalías sólo se superan con más valores cívicos y democráticos, más pluralismo, más debate y más compromiso. En definitiva, más Constitución. Y esa receta fue válida hace treinta años, lo es hoy, y estoy convencido de que seguirá siendo válida en el futuro. En esa receta está el Partido Socialista, porque como he señalado en otro apartado de estas reflexiones, lo mejor de la Constitución no es lo que ha sido, sino lo que hoy es y lo que mañana será.
(Publicado en IDEAL de Granada – 4/12/08)



































