Elvira Martín Suárez – Secretaría de Relaciones Institucionales de la CEM

A inicios de la Edad Moderna gozaba de gran fama la escuela de medicina de París. Su fama era debida –entre otras razones- a que sus profesores enseñaban mucho más con disecciones que con clases magistrales. Cual precursora del proceso de Bolonia, el que ahora tildamos de novedoso y nos manifestamos en su contra.
Acudían a ella estudiantes de toda Europa. Allí coincidieron, incluso sin beca erasmus, Miguel Servet y Andrés Vesalio. Uno de sus profesores, Jean François Fernel, había descubierto el canal ependimario, un tubo hueco que recorre internamente toda la médula espinal. Una anomalía del desarrollo embrionario provoca que este tubo quede abierto; en tal caso se produce una grave afección llamada espina bífida. A través de la apertura se libera al líquido amniótico una proteína que en condiciones normales no debería estar ahí.
Miguel Servet nació en Huesca en 1511. Era teólogo y sostenía que el alma, emanada de la divinidad, tenía su sede corpórea en la sangre. Con más interés religioso que científico, estudió los recovecos sanguíneos para localizar en el cuerpo la voluntad divina. Pero lo que encontró fue la circulación pulmonar: el circuito de oxigenación de la sangre. Gracias a este descubrimiento, Calvino –el de los calvinistas, antisemita por lo demás-, mandó a Server directamente a la hoguera, en Ginebra a 23 de octubre de 1553.
Vesalio (1514-1564) publicó en 1542 una obra maestra, De Humani Corporis Fabrica, que marca el nacimiento de la anatomía moderna. Sus láminas reflejan el movimiento imposible de los cadáveres inertes.
Ejerció como médico para calmar los males del achacoso emperador Carlos V y, más tarde, los de Felipe II. Dicen las malas lenguas que, al diseccionar un cadáver, los testigos creyeron ver latir el corazón (ardua tarea incluso en vivisección). Fue condenado a muerte por la Inquisición. Pero su benefactor, Felipe II, consiguió conmutarle la pena por una peregrinación a Tierra Santa. Ya de vuelta, murió en Grecia en 1564.
Pocos avances ha habido en las ciencias biomédicas que no hayan sido controvertidos.
Con las iglesias hemos topado. Hoy, año dos mil nueve, se sigue persiguiendo a Miguel Servet transmutado en mujeres embarazadas que no quieren tener ese hijo, o convertido en los médicos que las asisten.
Hasta hace poco tiempo, las muchachas de buena familia que habían mancillado el honor familiar eran recluidas una temporada en algún convento, desde donde–dádivas mediante- salían purificadas. Las excavaciones arqueológicas en aquellos conventos han encontrado esqueletos diminutos, tal vez las razones objetivas de su reclusión. Ellas no eran la reencarnación de Servet, sino de Vesalio: sus familias benefactoras les conmutaban la hoguera por el turismo conventual. Pero en el siglo XXI ya no es hora de volver a las infusiones de ruda o de tejo, de las que tanto sabían en las reboticas eclesiásticas.
Parece que han olvidado que en este país existe una ley del aborto desde hace 25 años, que ni siquiera fue modificada por el Partido Popular cuando estuvo en el poder. A qué viene ahora tanto alboroto cuando se trata de revisar la ley ya vigente.
Entonces y ahora, una punción de líquido amniótico informará de la presencia de esa proteína que se libera en casos de espina bífida. Es lícito que los progenitores puedan tomar decisiones.
La regulación del aborto no obliga a nadie a practicarlo. Lo único que queremos es que se realice con apoyo institucional y con todas las garantías sanitarias y jurídicas propias de un país del siglo XXI.
Pero con la iglesia hemos topado. Incluso para la píldora del día después, aunque sería más razonable usar el condón el día anterior. A lo que también se opone la jerarquía eclesiástica: dificultan y boicotean la educación sexual y siembran dudas sobre la fiabilidad de los preservativos. Objetan a la asignatura de educación para la ciudadanía, cuando ellos deberían ser los primeros en recibir sus enseñanzas.
A Miguel Servet le costó la vida que tengamos doble circuito circulatorio. Vesalio dedicó la suya a probar que la anatomía es responsable de parte de nuestros males. Conviene que de una vez por todas topemos contra la iglesia para nunca más pasar por la hoguera. Es que juzgan – y hasta censuran – sobre cosas que oficialmente desconocen: como es sabido, tienen prohibidas las prácticas de anatomía comparada en la intimidad.

Publicado en Ideal. 21 de abril 2009